Círculos en la arena – #4 El Gran Cambio

11 07 2009

4. El Gran Cambio

Me hice un té rojo, encendí un palito de incienso, unas velas y el flexo, abrí la ventana, corrí las cortinas, puse música relajante y desempolvé de la biblioteca de mi Padre los diálogos de Platón. Observé que el reloj digital del video estaba parpadeando, debió haberse ido la luz por la mañana;  me oriente con mi reloj de pulsera que marcaba las cuatro de la tarde.

Me tumbé en el sofá con el libro y encontré en sus páginas la descripción de la Atlántida, extensísima, donde un párrafo me cautivo especialmente pues hablaba del carácter de los Atlantes:

>>“… Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del Dios era suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestas hacia lo divino emparentado con ellos. Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que siempre ocurren y unos a otros, por lo que excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, como una molestia, el peso del oro y de las otras posiciones. No se equivocaban, embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores, estos decaen y se destruye la virtud con ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes, que describimos antes. Más cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron, y al que los podía observar les parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observar la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder.”<<

No podía dejar de ver cierto paralelismo entre la sociedad de la legendaria Atlántida, con la sociedad prepotente y pervertida de los países desarrollados. Esa soberbia, esa ambición, ese autoengaño constante que nos hace pensar que progresamos, cuando en verdad lo que estamos es desequilibrando una balanza, una balanza de la cual depende nuestra existencia en este planeta.

Iba comprendiendo el motivo por el que Noa me sugirió que leyese este pasaje, y es que seguramente, esta chica iba a ser mi llave hacia una puerta llamada “Cambio”.

Se hizo de noche y volví a poner las Noticas mientras pre-paraba una pizza, pues no era buen cocinero, y mi madre murió antes de que pudiese haber aprendido algo de ella. Mi padre, no obstante, sólo aparecía por casa entre expedición y expedición, siempre obsesionado con las excavaciones y su trabajo.

Me senté en el sofá y en todas las cadenas televisivas hablaban de lo mismo, debía de ser el único en todo el planeta que no estaba al tanto de los acontecimientos. Volvían a hablar de satélites meteorológicos estrellados, pero a esto se le sumaba, un cese súbito de ciertas cadenas y emisoras de radio, además de un mal funcionamiento de móviles, GPS y cualquier aparato que dependiese de ondas. La NASA sólo apareció para declarar que posiblemente fuesen fallos eléctricos y que la prioridad ahora era que todo volviese a la normalidad, y restablecer las emisiones de los aparatos dañados o perdidos. Efectivamente, había cadenas locales que no emitían señal. Estaban pasando cosas un tanto extrañas, y de escala Mundial.

Apagué la televisión saturado y me tumbé en el sofá. Reanudé mi lectura de los Diálogos de Platón, pero mi capacidad de asimilación había mermado, no dejaba de dispersarme con otros pensamientos. No podía quitarme de la cabeza a Noa y al viejo vagabundo que punteó, con sus rudas manos, aquella surrealista canción. Tenía que leer una y otra vez cada párrafo, pues aunque mis ojos estuviesen leyendo y avanzando por las líneas del texto, mi mente aún permanecía inamovible en mis últimos sucesos.

Empecé a idolatrar a Noa, a vagar por una fantasía donde la imaginaba paseando inocentemente, descalza, en nuestra propia casa de madera en el campo, y yo como un devoto, admirando cada gesto corporal suyo, cada intención, cada suspiro, cada giro de su atención y cada pensamiento que delataba su mirada. Deseaba vivir un paréntesis, una historia paralela, un cuento ideal donde los problemas, las responsabilidades, los relojes y el tiempo dejasen de existir. Y sí, puede que estuviese impregnado de subjetividad, comportándome como un iluso irresponsable y todo fuese demasiado utópico para lo poco que la conocía, pero esa chica suponía para mí un nuevo objetivo, una nueva escusa para imprimir movimiento en mi vida. No había un motivo, ni una fecha para mover la siguiente pieza; mi padre decía que no importaba el “porqué”, no importaba el “cuándo”, ni el “cómo”, ni el “dónde”, ni el “quién”, lo único que realmente importaba era el “qué”. Y mi “qué” era energía… ¿Qué hacía? Empezar a amar… ¿Lo demás? era secundario.

Hambriento de inspiración cogí mi mp3, me puse música y decidí asomarme por la terraza para ver Madrid: Las emblemáticas e inclinadas torres kio, el majestuoso rascacielos de Madrid, la blanquísima torre Picasso y las titánicas cuatro torres de la Business area, escoltadas por miles de luces naranjas provenientes de las carreteras. Me sentía completamente embriagado por esta sinergia entre las luces y la música, era un momento épico, transcendental, donde me veía ensalzado desde mi sexto piso, sintiéndome único e incomprendido, minúsculo frente a los edificios, pero gigante si me enfocaba como un ser espiritual, ligero. Volaba, sentía, fluía, percibía, sonreía y abría todas las puertas de mi conciencia, para que mis emociones viajasen hasta el centro de mí y dictasen que hacer en cada momento; era como sentirse Dios, una especie de Nirvana, una especie de conexión con el Todo, un momento de chorreante e imparable inspiración divina.

En mitad de ese éxtasis creativo mi mp3 dejó de sonar súbitamente, sólo quedó el silencio. Acto seguido empezaron a oírse explosiones por todos lados, algunas precedidas de fulgurantes llamaradas, que hacían retumbar los cristales del bloque. Parecían bombas, era como encontrarse en mitad de un campo de batalla, no comprendía que pasaba. Las explosiones provenían de la zona céntrica de Madrid, a los pocos minutos casi todos los vecinos estaban asomados por las ventanas buscando una explicación a dicho estruendo. De repente, todos pudimos ver como una gran porción de la zona Este de Madrid se quedó literalmente sin luz, momento en el que los vecinos acongojados empezaron a especular sobre lo que estaba ocurriendo.

–Esto tiene pinta de ser un atentado… –Decía mi vecino de al lado asomándose por la ventana.

–De atentado nada… no dejan de sonar explosiones por todos lados, además ¿Qué tipo de atentado deja a media ciudad sin luz? -Argumentó mi vecino de arriba.

–No es para tanto, deben ser fallos eléctricos y punto –Contestaba otro.

No pasó ni un minuto, cuando una reacción en cadena como si de una hilera de fichas de dominó se tratase sumergió a Madrid, zona por zona, en la más tétrica y absoluta oscuridad, llegando este apagón a nuestro barrio en pocos segundos.

Sólo algunas luces aisladas parecían haber sobrevivido a este impresionante apagón, todo lo demás era oscuridad e histeria. Se podían oír los primeros llantos de desesperación, bebés llorar, gente desorientada que decidía bajar a la calle y muchos comentarios catastrofistas que surgían de la penumbra… Pocos se mantuvieron en calma.

El cielo se tiñó de una difuminada luz turquesa, muy brillante, una nube de gas ondulante y fluorescente que se esparcía por el cielo; era la aurora boreal, un gran festival de colores y formas. El tenue color turquesa se tornó en azul claro, y este azul se fundía con otros azules más intensos, pasando finalmente por toda una gama de morados y granates, era un espectáculo fascinante.

Tras esta cromática hipnosis provocada por este fenómeno meteorológico opté por coger una linterna para revisar los plomos, cuando para mi sorpresa, la linterna tampoco funcionaba. Intenté iluminar mi reloj y tampoco reaccionaba… Llegué a la conclusión de que no sólo se trataba de un simple apagón de luz, era una especie de apagón electrónico de dimensiones importantes. Bajé a la casa de Noa pero no parecía haber nadie. No sabía qué hacer, mas tampoco había nada que hacer: no había medios de comunicación que nos informasen de lo que estaba ocurriendo, no había un plan que seguir y realmente, al menos en nuestro barrio ninguna vida que proteger, pues las explosiones sonaban en la lejanía. Lo único que se podía hacer era serenarse, sacar las velas del fondo del cajón, encenderlas y ser paciente.

♦♦♦

Fin del Primer Episodio

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