Círculos en la arena – #2 Las cartas

29 05 2009

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2. Las cartas

Germán, sé que llevas meses sin noticias de mí, pero ya me conoces; prefiero tener algo interesante que contar, antes que escribirte en todas las cartas lo mismo.

Pues bien, encontré en una de las bibliotecas de Heliópolis un antiguo relato que estoy deseando que leas. Lo he traducido, y dice así:

>>La Isla comenzó a temblar como si el centro de la tierra se estuviese retorciendo. No causaba destrozos estructurales, pero sus vibraciones, provenientes de las profundidades, penetraban hasta en los corazones más endurecidos.

Leukippe, bisnieta del rey, montó sobre el lomo de su caballo blanco de un salto y se dirigió hacia el Norte, en busca de sus dos hermanos pequeños, pues temía por sus vidas.

Todo el mundo se asomaba por las azoteas y balcones para observar un espectáculo de nubes cobrizas y cielos anaranjados. Sin embargo, eran pocos los que huían de sus hogares, de hecho, sus rostros permanecían serenos a pesar de los repetidos, mas leves por el momento, temblores de tierra.

Pero Leukippe, la bella jinete de la aldea menor del Sur, tenía información privilegiada de sus amantes, hombres influyentes, a los cuales no creyó en su momento. Aquellos hombres hablaban de cambios, de destrucción, de una nueva era.

Fue el olor a ceniza, lo que le hizo comprender, que algo catastrófico iba a pasar en cualquier momento. No había tiempo que perder, y su obligación era la de proteger a sus hermanos, que seguramente se encontraban internados en la escuela de música del maestro Annukis, muy al Norte de donde ella se encontraba.

Su caballo alcanzó una velocidad vertiginosa e iba dejando una estela de polvo a su paso, enojando a los granjeros que deambulaban por sus cosechas, ensimismados con el cuadro abstracto que les estaba otorgando el dantesco cielo.

Justo antes de que el último rayo de sol desapareciese tras la línea del mar, empezaron las brutales sacudidas. A pesar de la oscuridad del cielo, las nubes poseían cierta incandescencia con la que iluminaban los edificios de un tono azulado. Era un presagio acertadamente crepuscular, y Leukippe aún se encontraba a una larga distancia de sus dos hermanos.

La gente enloqueció. Todos se chocaban con todos, intentando buscar una salida entre los endiablados bamboneos de la tierra. Gritaban, corrían, lloraban, se caían al suelo y suplicaban piedad a los Dioses, golpeando sus nudillos contra él.

El suelo se resquebrajaba provocando gigantescas grietas hacia el vacío, como si las termitas estuviesen devorando su interior. El corazón de la Isla latía con tanta agresividad, que emitiendo un sonido semejante al de las ballenas, era capaz de romper bloques de piedra, columnas, casas e incluso las murallas que protegían la ciudad central.

Leukkipe sorteaba con agilidad a los pocos supervivientes moribundos. Mas desconsolada, bajó del caballo llorando, consciente de que a estas alturas, los infranqueables desniveles del terreno sólo le permitirían luchar por su vida. Era demasiado tarde.

-Tuve que creerlos, ¡Debí haber escuchado sus advertencias! ¡No podré perdonar mi soberbia jamás! Si la sangre de mis hermanos yacerá en esta Isla por mi culpa, que yazca también mi culpa junto a ellos.

Y el agua inundó los ojos de Atlas, su boca y su corazón. Sólo quedo vacío tras la “Gran Ola”. <<

Quiero que sepas hijo mío, que tu madre se sintió un día, como se sintió Leukkipe hace miles de años. Ella nunca nos abandonó, simplemente no fue capaz de sentir las señales de su camino, y justo cuando vio venir el peligro, era demasiado tarde como para salvarte, y salvarse a ella misma…

Te quiere. Papá.”

-Esta es una de las cartas que me envió mi padre en su viaje por Egipto -Le explicaba a Wang, quien no parecía prestarme mucha atención puesta estaba concentrado pintando pequeñas miniaturas de animalitos de madera-. ¿Sabes qué? Podía pasarse meses sin escribirme, pero cuando lo hacía, era para aportar algo nuevo y útil. La verdad es que no es una persona de aquellas que saben quedar bien con la gente; selectivo con sus amistades, con un aire de superioridad, desinteresado en apariencia… No se preocupa de si hace las cosas bien o mal, simplemente las hace, y en mi caso, sabe cómo acertar. Supongo que esta faceta suya la he heredado, y si te soy sincero, me ha sido de gran utilidad, pues puedo discernir entre aquellos que quieren algo a cambio de mi, y aquellos que a pesar de no mantener un contacto constante, el día en el que ocurra una situación extrema, estarán en primera de línea de fuego protegiendo mi vida.

Me vinculo con la gente no a través de la galantería, sino a través de un “pacto de fe” que no se transmite con palabras. Pero supongo que todavía se tiene la idea, de que sólo merecen la pena, aquellos que cuecen a fuego lento en bares, discotecas y parques, la supuesta amistad. Más tarde, aquellas personas con las que te has corrido las mejores juergas te apartan la mano, tendiéndotela sorpresivamente un antiguo conocido, del que perdiste el contacto hace tiempo. Así es la vida, sorprendente e imprevisible… ¿Para qué quedar bien entonces? -En ese mismo instante, Wang giró su cabeza levemente para dedicarme una sonrisa cómplice-. Mi padre sabía lo que se hacía -Añadí.

Wang no tenía muchas ganas de hablar, y seguía con sus quehaceres sin prestarme atención.

-Me estoy dando cuenta de que cada vez acudo más a estas cartas, estos pequeños relatos épicos que mezclan la ficción con la realidad. No sé, pero mi vida se está enfriando más y más, mutando en una especie de cuadro gris, estático, tenue y sin mucho contraste. Cansado de esta rutina busco refugiarme en estos textos, en las aventuras de mi padre, o leyendo libros en mi horario de trabajo.

Tengo la sensación interna de que o algo cambia en mi vida, o acabaré cambiándola yo. ¿Un viaje tal vez?… No, no sabría ni a donde ir. ¿Hablar con Noa?…  No creo que fuese capaz de mantener una conversación con ella, sin meter la pata en menos de diez segundos. Realmente, me siento estancado por un lado, y con ganas de evolucionar por el otro, y esta contradicción sólo la se suplir leyendo y leyendo, pero sin mover un pie casa, claro está. Supongo que esta ansiedad es el motivo de que siempre me esté despertando por la noche.

-Necesito dar un paseo.

Me levanté de la silla para irme. Creo que Wang ni se percató de que me estaba ausentado, no obstante, tampoco hizo mucho caso de mi presencia. Desde luego, era una persona que sabía escuchar, o en su defecto, que sabía aparentar escuchar.

-Cuando cambias tu forma de ver las cosas, las cosas que ves… Cambian -Fue lo único que me dijo, justo antes de salir por la puerta.

Aún quedaba una hora de Sol y la calle estaba repleta de gente dirigiéndose hacia quién sabe qué lugar o con qué cometido.

¿Qué problemas tendrán en sus vidas? -Me preguntaba-. ¿Padecerán la misma rutina que sufro yo? ¿O estarán embarcados en algún proyecto emocionante? ¿Habrán hecho locuras por amor? ¿Habrán conocido la muerte de cerca? ¿Habrán sido los hombres más felices del planeta en algún instante de su existencia? ¿Habrán perdido a un familiar cercano?

Hubiese deseado parar a cualquiera de esas personas, saludarla, y preguntarle por su vida, sino fuera porque me bloqueaban los prejuicios.

Siempre nos enseñan desde pequeños que tenemos que proteger nuestro círculo, y evadir todo aquello que venga del exterior, todo aquello que sea distinto, extraño o nuevo. Pero si lo pones en la balanza, es más absurdo saludar a un vecino del cual solo conoces de su vida, lo que te da tiempo a hablar con él en el ascensor, que saludar a un desconocido que te mira fijamente a los ojos, intentando expresar algo en una especie de vínculo telepático… Por desgracia, uno de los dos acabará agachando la cabeza, desperdiciando una oportunidad, y siendo muy probable que esas dos almas estuviesen destinas a encontrarse.

De pronto, penetró como una aguja sobre mi mente, las recientes palabras de mi amigo Wang: “Si cambias tu forma de ver las cosas, las cosas que ves cambian”.

-Si fuese capaz de romper esta superficie de hormigón… de derrumbar todo prejuicio de mi subconsciencia… de abrir paso a mi energía interna, mi luz; la voz incesable que me propone cambiar, que me incita a quebrar alguna ley moral, algún protocolo establecido, alguna norma social… -Meditaba mientras descansaba las piernas en uno de los bancos de la calle-. Si fuese capaz… Si fuese capaz…

Paulatinamente, el murmullo del barrio iba desapareciendo. Se empezaron a encender las primeras farolas. Y un hombre, de unos cuarenta años, con una barba con la que escondía sus gestos y una mirada perdida, se sentó a mi lado izquierdo.

-Voy a tocarte una canción que sé que te gustará, lo he visto en tu mirada -Dijo el desconocido.

De una funda sacó una guitarra española, cruzó su pierna derecha sobre la izquierda, y empuñando el mástil empezó a tocar la canción renacentista, de autor anónimo, “Greensleeves”.

En el acto, se me puso la piel de gallina, y un nudo en la garganta me cortó la respiración. Era la canción favorita de mi padre: una inspiradora melodía, cuya letra hablaba de un hombre enamorado de una mujer, siendo este amor poco correspondido.

-¿Me conoce de algo señor? -Le pregunté atónito cuando la última nota dejo de sonar.

-Sí que nos conocemos, pero no de un modo tradicional.

-No le entiendo, ¿A qué se refiere con eso de “tradicional”?

-No creo que lo comprendieses chico. Lo importante ahora es que nuestros caminos se han cruzado, y que el sonido de esta guitarra, ha hecho vibrar una de tus numerosas fibras sensibles.

-Pero… ¡¿Cómo sabía usted mi conexión con esa canción?!

-Ya te lo dije, chico, me lo ha chivado tu mirada -Afirmó rotundamente-. No te obceques más.

El viejo no soltó una sola palabra que disipase mis dudas. Un silencio sepulcral protagonizó los siguientes minutos, hasta que finalmente me miró a los ojos y me dijo:

-Es hora de que nos vayamos a cenar, ¿No crees? Si el destino quiere nos volveremos a encontrar, es mejor que tu ansia no fuerce las cosas.

Poseía una mirada grisácea, casi etérea, que hacía subir el pulso de cualquier mortal. Sus ojeras delataban a un hombre nocturno, de vicios ocultos e historias que no deben ser contadas. Por otro lado, los surcos de su piel inspiraban confianza, como si se tratase del entrañable abuelo ideal, que siempre tiene una historia fascinante que contar.

El viejo metió la guitarra en su funda y se fue sin más. No supe que decir ni cómo retenerle, aún me sentía afectado emocionalmente por aquella transcendental canción, que escuchaba emanar de la guitarra de mi padre, desde que era un crío.

Y así, el vagabundo sin nombre, despareció entre los edificios del barrio.

Cuando subí a casa tuve la sensación de haber atraído esa circunstancia, a través de mi pensamiento. Llevaba meses sin conocer a alguien, y de repente, sin previo aviso, un extraño ser toca para mí, la canción favorita de mi padre.

Tal vez buscaba fuera, un problema que tenía dentro, y pretendía solucionarlo quejándome de mi trabajo, de mis amigos, de mi sueldo, de mi familia y de la vida que me tocaba vivir. Paradójicamente, cuanto más protestaba, más dosis de apatía penetraba de alguna manera en mi vida. ¿Pero ese día? Ese día iba a ser mi punto de inflexión, el día en el que pude girar el timón y romper con la línea recta de mi rutina. Aquel encuentro con el viejo no fue casual, fue fruto de mi deseo, cambié las cosas que veía, cambiando mi forma de verlas, sembrando fe en el cambio.

Sin embargo, algo pasó esa misma noche que me conmocionó, y me separó de esta corriente de buenas sensaciones.

Al encender la tele, me di cuenta de que en varios canales se estaban emitiendo noticias de última hora. No logré enterarme bien de lo ocurrido hasta que mostraron las primeras imágenes.

Se podía ver una densísima y voluminosa nube de humo gris expandiéndose por las calles de una ciudad, no sabía cuál.

-Aquí tenemos las imágenes de otro de los accidentes -Informaba el presentador.- Se especula con que pudo ser otro satélite que se salió de órbita y atravesó nuestra atmósfera, sin embargo el gobierno de Francia aún no se ha pronunciado al respecto. Con esto ya son cuatro los acci­dentes de los que tenemos constancia: Dos en Canadá, otro en el océano Índico y éste último en Lyon.

Me hubiese gustado compartir esta noticia con otra persona, pero vivir sólo, implica no poder contrastar ninguna de tus suposiciones o ideas. Opté por irme a la cama e informarme con más detalle en los titulares matinales, pues las imágenes de las que disponían no eran muy clarividentes por el momento.

Antes de dormirme, encendí el flexo para leer otro de los pequeños relatos, que mi padre aceptaba como historias verdaderas:

“El viento rugía entre las dunas de arena. El cielo se oscurecía presagiando un nuevo cambio. Del mar, emergían centenares de seres desconocidos. No parecían violentos, pero sus extravagantes vestimentas causaban intimidación. Dijeron que venían del océano, que eran consciencias superiores con el legado de una civilización perdida. Nos ofrecieron sus conocimientos a cambio del vientre de nuestras mujeres. En un principio nos mostramos reticentes, pero pasado un tiempo nuestras razas se mestizaron, y en consecuencia, evolucionamos. Eran deidades, dioses surgidos de las aguas, influenciados por Orión. Eran nuestros guías; las noches se convirtieron en cultivo para los sueños, y los días en frutos para la carne.”

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