Círculos en la arena – #1 El Señor Wang

24 05 2009

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1. El Señor Wang

Otra vez me desperté en mitad de la noche, impregnado por una incómoda sensación de extrañeza… Me levanté para beber agua y tomar un poco de aire fresco.

Fue curioso ver como en la oscuridad, lo que suponía un sencillo trayecto por el pasillo de mi casa, se convertía en un tortuoso y macabro laberinto. Todo resultaba muy premonitorio, las estatuillas de inspiración maya se tornaban siniestras, la poca luz entrante desde el salón incidía sobre uno de esos místicos cuadros que me regaló el Señor Wang. Las distancias se alargaban y caminaba con los brazos extendidos por miedo a chocarme con alguna puerta.

Finalmente llegué a la cocina y encendí la luz. Tras refrescarme me asomé por la ventana para observar ese paisaje tan conocido por mi retina: Madrid sumergido en la oscuridad. Pensaba no pocas veces, como sería volver a esa época en la que no existía la electricidad, el combustible o las ondas. Una era sin relojes, sin precisión atómica, en la que todo sería forzadamente más intuitivo, natural y espontáneo. Si Madrid se mantuviese así de apagada constantemente ¿Sobreviviría su población? ¿O enloquecería y se sumiría en un caos, descontrol, y diezma?

No podía dejar de sentirme atraído por esta idea, y ya suponía un ritual para mi contemplar dicha penumbrosa panorámica cada vez que me desvelaba por la noche…

Tras fantasear un rato por mi alternativa onírica de la realidad, logré dormirme un par de horas más.

Si mal no recuerdo, una semana antes fui a recoger el cuadro que encargué al Señor Wang. La verdad, es que no soy un experto en caligrafía china y pensamiento oriental, pero su particular forma de ver la vida y plasmarla artísticamente siempre me llamó la atención.

Wang trabajaba en una tienda de alimentación, no obstante, en la planta superior ejercía clandestinamente como pintor, poeta, escritor, escultor e incluso pensador. Subir allí arriba era como retroceder en el tiempo y desplazarse en el espacio. Una especie de China arcaica y filosófica… Paredes llenas de ideogramas sobre los papiros y maderas, estatuas de emperadores Chinos (entre ellas el imponente general Guan Yu empuñando su gigantesca espada), y una amplia colección de libros apilados arbitrariamente, los cuales me despertaban mucha curiosidad.

-¿Tienes ya mi cuadro? -Le pregunté gritando desde abajo.

-Sube arriba, quiero enseñarte algo.

Eran las nueve de la noche y apenas una lucecilla proveniente de la bombilla del techo iluminaba este zulo artístico. Wang parecía algo inquieto y nervioso.

-¡Mira, mira! El mismo dibujo -Me decía en su poco dominado español mientras me señalaba una especie de símbolo de uno de sus polvorientos libros. -¡La serpiente! ¡La serpiente se repite!

-Tranquilo Señor Wang -Intenté calmarle apoyando mi mano sobre su hombro-. ¿Qué ocurre con esa serpiente?

-¡Se repite! ¡Se repite! ­­­­­­

-¿Cómo que se repite? ¿Que aparece en otro libro quiere decir? Bueno, ¿Y qué tiene eso de extraño?

-¡No! ¡No lo entiendes! ¡Olvídalo! Eres muy joven para entenderlo, ¡Tú tienes que crecer! ¡Tú solo ves con los ojos! -Respondió malhumorado el Señor Wang-. Ahí está tu cuadro, ¡Cógelo y vete!

No sabía si intentar sacarle información o irme sin soltar palabra. Me quedé por un instante hipnotizado con ese dibujo, ciertamente tuve la sensación de haber visto esa serpiente retorcida en algún otro lugar. Finalmente, viendo su estado de ánimo, resolví coger el cuadro y hablar con más calma en otro momento.

Esa misma noche, llegando a mi casa me crucé con Noa, que parecía irse a trabajar, pues era viernes y aprovechaba los fines de semana para poner copas en un garito céntrico llamado “La Oca”. La verdad, es que sentía cierta sensación de malestar con sólo pensar en la panda de borrachos que estarían toda la noche piropeando y cortejando a esta idílica chica. Me di cuenta de que iba con prisa, así que creo que los dos evitamos el saludo aparentando no habernos visto.

-Otra oportunidad perdida -Pensé mientras abría la puerta del portal.

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