Los esguinces del alma

24 04 2009

No son pocas las veces, en las que siento inquietudes por conocer la naturaleza humana y los laberintos de su personalidad, las razones por las cuales una persona puede acabar siendo un líder, un subordinado, un aventurero o un estoico.

Toda identidad empieza con una autoafirmación, un conjuro formado por dos palabras: “Yo soy”. Decimos a menudo frases como: “Yo soy extrovertido”, “Yo soy un hombre al que le gusta arriesgar”, “Yo soy estudioso” o “Yo soy un vago”. Repetimos estas consignas una y otra vez, tanto a la gente que desea conocernos, como a nosotros mismos a través de nuestra subconsciencia.

Para entender como somos capaces de formar esta identidad, y crear esta imagen de nosotros mismos tuve que recordar el esguince que me hice hace un año. Sufrí una pequeña rotura de ligamentos en el tobillo izquierdo, no fue grave, pero la recuperación se alargó lo suficiente como para que padeciese ciertos problemas de sobrecarga en la otra pierna. Al caminar, por intentar proteger el tobillo izquierdo, apoyaba en exceso la pierna derecha, desembocando finalmente en dolores articulares en el pie que primeramente estaba sano. Cuando el esguince se recuperó del todo, dejó su huella precisamente en mi otro pie, el pie protector, la repercusión de una lesión, una nueva identidad en mi organismo por intentar proteger mi parte más débil.

Nuestra mente funciona exactamente igual. Si nos han hecho daño en el amor, no queremos exponernos a más peligros en el futuro, entonces nuestra mente crea una nueva identidad, un nuevo caparazón y nos bautizamos como “cautos”, “precavidos”, “fríos”… etc. En vez de asumir el daño, sufrirlo y seguir avanzando, parece ser más fácil dar la vuelta a la tortilla y sacar de esa hipotética humillación algo que nos sirva para engrandecer el ego y no dejar en evidencia nuestras heridas, nuestro esguince. Por eso, el que se confirma como independiente, tal vez no sea independiente sino víctima del rechazo. El que se confirma como alegre, tal vez no sea alegre sino un cobarde que prefiere tener una risa bobalicona que le ayude a huir de un sufrimiento del pasado. El que se confirma como fuerte, puede ser que para no mostrarse vulnerable venda una imagen de fortaleza… La lista de identidades, y la verdad que se esconde tras ellas es interminable.

Nuestra mente quiere protegernos, pero nuestra alma más profunda debe asumir que no somos lo que nos decimos. Esa vocecilla que te dice “eres esto, eres lo otro” a menudo es una identidad que debemos plantearnos si es natural en nosotros, o solo es una coraza de marfil al exterior. Porque a pesar de que el autoengaño es un remedio a corto plazo, si no arrancas las malas hierbas desde la raíz, las hojas envenenadas volverán a crecer.

mujquitandoselapiedradeencimae

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26 04 2009
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