La noche, La niña, La luz.

9 08 2008

Erase una vez un mundo de color negro. Los árboles tenían las hojas negras, las raíces negras y el tronco negro. La nieve descendía negra del cielo, derritiéndose en oscura agua, en la cumbre de las montañas negras. El Sol era un bulto negro, imposible de diferenciarse con el cielo negro que lo sostenía. Todo lo que se percibía en ese Universo estaba teñido de oscuridad.

Los seres humanos compartían la misma tonalidad de este entorno. Hasta tal punto, que se hacía muy difícil no dejar de chocarse con paredes, farolas, árboles e incluso otros individuos. Sin embargo, tropezar y caerse era algo habitual. Era su Tierra y la habían aceptado como matriarca.

Una madrugada, como venida del propio corazón del mundo, nació una niña de una tonalidad distinta. Una niña que contrastaba drásticamente con el paisaje conocido hasta el momento. Era una niña deslumbrantemente blanca. Jamás hubiesen imaginado qué podía existir un segundo color, de hecho, no tenían la palabra color en su diccionario pues jamás la habían necesitado.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué aberración en contra de lo establecido era esto?

La niña, conforme iba madurando, se fue dando cuenta de que mucha gente la miraba con desprecio, con miedo, con recelo. No obstante, a medida que iba comprendiendo su potencial, un resplandor blanco emanaba de su cuerpo, haciendo posible iluminar cada rincón del mundo por el que se paseaba.

Al pasar esto, ocurrió algo increíble. Cada persona que se acercaba a su círculo de luz, era capaz de ver lo que veía la niña. Era un mundo de claridad, se podían distinguir los contornos de los árboles, de los muros, las líneas que definían el propio cuerpo. Dentro de esa especie de fuego blanco nadie se tropezaba, todo se veía con absoluta claridad, todos tenían la seguridad de que el siguiente paso que diesen, iba a ser sobre tierra firme. Lo mejor de todo, es que una vez conocida esta claridad, los propios seres del planeta no dependían de la niña. Eran contagiados por esta luz, convirtiéndose en auténticos faros humanos.

Sin embargo, hubo un sector del planeta que ante la confusión de esta clarividencia, ante el miedo de un mundo de luz, de contornos, de figuras, de nuevas sensaciones, no encontró más remedio que negar esa nueva realidad. Uno de estos escépticos tomo el mando y puso en marcha una busca y captura. Todos aquellos que afirmasen ver un mundo lleno de claridad, eran condenados a las negras llamas de la hoguera.

La oscuridad se apoderó como un germen del planeta. De nuevo reinó un mundo de sombras, de tropiezos, de sufrimiento, de confusión. Fue como si un tintero se derramase sobre un folio en blanco, donde se hallasen escritas miles de verdades, miles de axiomas, miles de sonrisas y lo encabezase una palabra: Felicidad.

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9 08 2008
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